Rafael Feria.com
Lo que vas a leer a continuación, es uno de mis cuentos que leerás. Éste, es parte de ellos en mi libro titulado “Doce cuentos anodinos y uno más”.
Que él sea un ejemplo de lo que podrás encontrar cuando te decidas a leer esos “doce y uno más”. En su prólogo sabrás el porqué de doce, el porqué de anodinos y lo más maravilloso: el porqué de “Uno más”. Mi entrañable 31 que lo daba por perdido y un día sin esperarlo volvió de nuevo a sonreírme.
Sigue adelante con los otros, que una cosa sí te garantizo. Si empiezas. No los dejarás hasta haberlos terminado todos. Te lo aseguro.
¿Empezamos?
Cinco minutos
Juan Inmaculada Concepción Fernández Peña, además de dislocado de una pierna era todo lo que se dice un malogrado muerto desandando. Lo primero a consecuencia de un accidente sufrido en su niñez, lo segundo porque sencillamente lo habían matado. Su impenitente cojera, aunque la arrastraba de por años, no le importaba en lo más mínimo, ahora bien lo de su para él mentida muerte, sí lo traía de vuelta y media. Desde que se vio delante de aquella siniestra silueta sentada en una piedra que lo miraba con atención, se sintió molesto. Tenía la barbilla apoyada sobre algo que parecían manos, de su cabeza salían dos cuernos y de su espalda un par de grandes alas de murciélago, las rojas y fulgurantes llamas detrás de ella no iluminaban el lugar, por el contrario lo hacían más oscuro. De inmediato cayó en la cuenta frente a quien estaba y aunque Juan Inmaculada era un hombre al que intimidaban pocos miedos de lo que veía no quería saber nada. “Es el mismo demonio”, —pensó, y a pesar de tal espanto siguió obstinado en que esos descomedimientos solo formaban parte de una pavorosa pesadilla. Entonces oyó murmullo de voces como rezando, volteó la cara y las vio; era una multitud de formas desnudas sin rostros y de un color indefinido, marchando en dirección a las llamas que estaban detrás de la silueta del diablo. Frente a ellas y señalándoles el camino, iba una más alta que las demás. Tenía todo el cuerpo cubierto por un manto harapiento de tonalidad grisácea que le llegaba al suelo y la cual, al pasar por su lado, se detuvo al mismo tiempo que le indicaba que lo siguiera. En ese momento le pareció que le sonreía aunque no tenía facción alguna. Juan Inmaculada no quiso seguir mirándola, bajó la cabeza y se metió las manos en los bolsillos rehuyendo la invitación, en eso la diabólica figura sentada sobre la piedra le dijo:
—Es el Ángel de la Muerte y tienes que seguirlo.
Ante aquel desvergonzado pronunciamiento a Juan Inmaculada se le heló la sangre y de repente lo sorprendieron sin querer todos sus miedos. De un solo golpe no quiso seguir escuchando una palabra más y dicho y hecho, se echó a correr sin recato ni respeto alguno a su cojera, hasta que cansado se detuvo para retomar el aliento perdido en la carrera y al instante, Juan Inmaculada se dio cuenta de que estaba en el mismo porfiado lugar de antes. No bien iba a empezar a correr de nuevo cuando una voz que salía de la forma alta y harapienta que se había colocado a su lado, le dijo con un acento tranquilo:
—Para qué corres si a donde quiera que llegues me encontrarás. Hace tiempo te andaba buscando.
Cuando Juan Inmaculada oyó sorprendido esta sentencia, sin saber porqué se miró el pecho y pudo ver dos hoyos de los cuales salían sendos hilos de sangre y al intentar contestar, algo se le desparramó de la boca. Se llevó un dedo a los labios y se palpó las encías. No tenía un solo diente de los de adelante; ni arriba ni abajo, entonces un objeto duro y extraño se le anudó en la garganta, escupió con fuerza lo que le ahogaba y cuando bajó los ojos, sobre la mortaja teñida de rojo vio sus dientes destrozados y el pedazo de plomo que lo ahogaba.
— ¿Estoy muerto? —preguntó inquieto a lo que le hablaba.
— ¿Qué tú crees? —fue la respuesta.
Juan Inmaculada Concepción Fernández Peña sintió frío, se restregó los ojos como queriendo despertar de la horrible pesadilla en que se encontraba. La equivocada sugerencia funeraria no estaba dirigida a él a pesar de las irrefutables pruebas que se le presentaron: las dos perforaciones, la mortaja, la sangre, la destrozada dentadura producto del tiro de gracia a bocajarro y que según se acordó, se lo habían dado sin consentimiento alguno de su parte, las sombras que marchaban y lo invitaban a seguirlas, y sobre todo la presencia del maligno con sus cachos y demás figuraciones infernales. En fin, aquellas barbaridades parecían indicar que en realidad estaba muerto y bien muerto.
No es nada fácil para un muerto asesinado a traición y por la espalda aceptar su condición de fenecido y Juan Inmaculada no era una excepción, por eso cuando insistía en que lo que veía era solo producto de su imaginación, o a lo más que cada uno de los que allí había estaban confundidos, sólo cumplía con el primitivo instinto del ser humano de la conservación de la vida.
—Antes quiero una prueba de que lo que dices es verdad —indicó cuando por más que quería no acababa de despertar. El escalofriante sueño se alargaba demasiado. —Si no logro encontrar los otros dos proyectiles que faltan, sabré que todo esto no es más que una mentira para hacerme creer que me he muerto y despertaré. Solo si los veo me iré con ustedes. —Toda esta engañadora propuesta la dijo porque de ningún modo iba a intentar ni tan siquiera buscar aquellos condenados plomos mensajeros de la muerte. Su regreso al mundo de los vivos estaba garantizado.
—Está bien, voy a complacerte —le respondió tranquila la sombra que se hizo más impresionante que nunca— tienes cinco minutos para no encontrarlos, pero ten cuidado y no sigas pisando esas hojas y frutos que tienes bajo tus pies, de lo contrario nunca vas a despertar.
Juan Inmaculada Concepción Fernández Peña con una sonrisa de complacencia y sin tan siquiera pensarlo levantó sus humedecidos zapatos al tiempo que miraba hacia abajo. En el suelo estragos, a su alrededor tinieblas, y sin embargo veía con tan espantosa claridad que cerró con resignación sus antes aterrorizados ojos. La blanca mortaja teñida de sangre se había transformado. Ahora era una alargada y mullida alfombra de revueltas hojas y trenzas de rojas bayas. Hojas amarillas, rojizas y verdes y sobre aquella misteriosa alfombra, hija de un bosque, de un jardín encantado, relucían acusadores dos grises y ensangrentados trozos de plomo. Y aquel antes confundido personaje; el dislocado de una pierna, el de la impenitente cojera, el incrédulo muerto desandando, con un desparpajo envidiable ahora ya de difunto convencido, el Juan Inmaculada Concepción Fernández Peña de la historia, sonriéndole impertérrito a su melancólica e ineludible verdad, exclamó al fin sin titubeos ni dudas.
― ¡Coño estoy muerto!